Saturno tiene siete anillos. Santa Cruz tiene once. Atravesar cada uno de ellos para salir de la ciudad rumbo a Oruro en hora punta fue lento y tedioso. Salimos con una hora de retraso pero ¿qué importaba? El trayecto duraba unas 18 horas, hora arriba, hora abajo, ¿acaso suponía alguna diferencia? Según los edificios, casas y condominios iban quedando atrás, nos despedimos por unos días de la ciudad de los once anillos.
En cuestión de comodidad, los buses de ALSA no le llegan a la suela de los zapatos a las flotas bolivianas. Asientos totalmente reclinables, con apoyabrazos y reposapiés, con mucho más espacio que los buses españoles. Quizá nos resultaron extraordinariamente cómodos y agradables después de estar varias horas de pie en el andén de la estación bimodal.
Pollo a la brasa señores, hay pollo, pollito.
Cuñapé cuñapé cuñapé, cuñapé, cuñapéee.
Agua, refrescos, agua fresquita. ¿Quiere un agua?
La banda sonora de la estación nos distraía del pensamiento recurrente de que nuestro bus pudiera no aparecer. Teníamos pasaje, estábamos en el andén, pero hasta que no nos subiéramos a la flota, no respiraríamos tranquilas. Pero afortunadamente el bus apareció, salimos de Santa Cruz y nos adentramos en el viaje por carretera más largo que he hecho nunca. Sentadas en la primera fila del piso superior, contemplamos la carretera hasta que la noche y la condensación de la ventana delantera nos lo impidió. Me quedé dormida poco después de pasar Warnes y cuando desperté ya era de día y habíamos dejado atrás Cochabamba. El paisaje se había vuelto montañoso y, aunque en el momento no lo noté, supuse que estábamos cerca de los 3.700 metros sobre el nivel del mar a los que está Oruro.
Ya en la capital minera de Bolivia, buscamos el hotel en el que conseguir nuestras manillas para la gradería. Conseguir las pulseras que daban acceso a la grada desde la que ver el desfile. En el hotel Beirut, ubicado en la zona de mayor ajetreo de la ciudad, nos aseguraron que no sabían nada de ninguna gradería.
-¿Cómo que no? Pero si en la reserva pone hotel Beirut.
-No tenemos gradería.
Ana y yo nos miramos. Ya está, nos habían estafado, habíamos cruzado medio país para nada, porque sin acceso a una grada no se puede ver el desfile, y ya no quedaban entradas en ninguna grada.
-No tenemos gradería, lo hemos externalizado.
-Pero entonces sí hay una gradería a nombre del hotel Beirut.
-Sí pero no lo llevamos aquí.
-Y ¿quién lo lleva?
-Una mujer, está por ahí fuera.
De poder dejar la mochila en la que llevábamos la ropa para cinco días en el hotel ni hablar, y pasar al baño mucho menos. Al parecer, estaba cortada el agua. En la calle, conseguimos encontrar a la mujer que nos debía dar las manillas pero para llegar hasta ella había que subir una escalera totalmente vertical desde la calle hasta la zona más alta de la gradería. Ni siquiera era tan alta, pero la falta de oxígeno hacía fatigosa la subida.
Entre diabladas, morenadas y caporales pasamos horas sentadas mirando fijamente el espectáculo a nuestros pies. La gradería incluía una hamburguesa que debía llegar a las 2, pero al ver que se retrasaba decidimos bajar a comprar comida. Y menos mal, porque llegó a las 7. A media tarde encontramos una cafetería llamada Typica, y nos impresionó sus bebidas y su decorado. Una cafetería para gringos que nos salvó el día. Más tarde supimos que hay varias cafeterías de mismo nombre en Bolivia.
Callejeando para lograr llegar a la iglesia de la Virgen del Socavón, a la que se honra en el carnaval y donde termina el desfile. Caminar entre tanta gente se volvía casi imposible. En cierto momento, un grupo de personas nos abrieron paso increpando a la gente de alrededor.
-¡Déjenlas pasar! Son extranjeras, hay que quedar bien.
Ya de noche, de vuelta en el graderío, pregunté a uno de los organizadores por la discoteca para la que teníamos la entrada incluida, pero el tipo no parecía entenderme, aún cuando reformulé la frase en varias ocasiones. Un chico boliviano que vio cómo no nos entendíamos se acercó y me habló en inglés, supongo que pensando que el fallo de la comunicación se daba porque yo no hablase español. Le respondí en español, pero el chico seguía erre que erre hablándome en inglés.
-Where are you from? -acabó preguntando.
-España -respondí.
-¡Ah, bueno!
Y ahí por fin pasó a hablarme en español. Su grupo de amigos en cierto momento se refirió a nosotras como gringas, a lo que respondimos ofendidas. Cómo que gringas. Sin ser nosotras nada de eso. Pero nos quisieron aclarar que no era nada malo, que simplemente era referencia a que somos blancas. Según avanzaba la noche, si no nos ofrecieron alcohol 10 personas distintas, no nos ofreció nadie.
La temperatura bajaba, acabé comprando una bufanda, y decidimos ir a la discoteca para huir del frío. Dentro, nos animamos a bailar un poco aunque sin perder de vista nuestras mochilas y nos acercamos a un grupo de gringos más gringos que nosotras vestidos de forma estrafalaria. Hablamos con ellos en inglés y, cuando nos preguntaron los nombres, no dudamos en sacar a relucir el alter ego que nos habíamos inventado unos días antes.
-My name is Victoria -dije.
-And I am Federica -dijo Ana.
Victoria y Federica, nuestros alter ego pijos, en honor a Victoria Federica, la sobrina del rey. Quizá a un español le podría chirriar, aunque por qué no íbamos a ser Fede y Vicky, pero ¿a un extranjero? No pillarían el chiste ni explicándoselo. Los holandeses, agradecidos al principio por interactuar con nosotras pensando que éramos italianas o francesas, dejaron de lado su simpatía al saber que éramos españolas y dejaron de hablarnos.
-¿Acaban de ser… racistas? -nos preguntamos.
Poco antes de las 4 de la mañana cogimos un taxi para volver a la estación de buses de Oruro. Conseguimos pasaje para viajar con la única empresa que circulaba esa mañana a Cochabamba a las 5 de la mañana. Las 4 horas de viaje fueron nuestro único descanso. Segunda noche consecutiva durmiendo en un autobús.
Ya en Cochabamba, nos dirigimos al hotel para poder soltar de una vez las mochilas que llevábamos pegadas como un apéndice más de nuestro cuerpo desde hacía dos días. También pudimos ducharnos por primera vez en dos días. No paramos a descansar sino que buscamos directamente dónde comer algo, y con el estómago lleno decidimos subir a ver el Cristo de la Concordia (que, por cierto, es más grande que el de Brasil). Como el teleférico estaba fuera de servicio desde hacía un par de años, no nos quedó más remedio que subir caminando los 1.399 escalones. A más de 2.500 metros de altitud sobre el nivel del mar. Después de dos noches sin dormir en una cama. Y todo por no pagar un taxi que nos habría costado unos 5 euros a dividir entre dos.
Las vistas desde el Cristo merecían la pena, tanto las que daban a la ciudad como las que mostraban las montañas de alrededor. Nos quisimos sacar fotos juntas con el temporizador de la cámara, dando lugar a escenas graciosas haciendo parkour en los 10 segundos de margen que da el temporizador para llegar al lugar a donde enfoca la cámara. Bajamos los 1.399 escalones y cenamos un silpancho y un trancapecho en un local en el que al resto de clientes les dio por mirarnos raro. Antes de regresar al hotel, visitamos el café Typica de Cochabamba en búsqueda de algo dulce, y uno de los camareros nos contó la historia de la marca y dónde encontrar la sucursal de Santa Cruz.
Aquella noche, después de dos noches consecutivas durmiendo en autobuses, dormimos 11 horas, y solo nos despertamos obligadas por el horario del desayuno. Si no fuera por el incentivo del desayuno del hotel, quizá todavía seguiríamos durmiendo.
Por la mañana decidimos visitar Tiquipaya, una pequeña localidad cerca de Cochabamba. Hicimos una ruta en búsqueda de una cascada que no existía y nos hicimos amigas de un perrito al que decidimos llamar Yuca, que nos acompañó durante un rato muy largo, paradas incluidas, hasta que, de repente, desapareció. En otros tramos de la ruta tuvimos que dar la vuelta al estar el camino conquistado por 5 o 10 perros que, con cara de pocos amigos, nos ladraban y perseguían. Aunque intenté convencer a Ana de cruzar igualmente con un palo, finalmente optamos por no arriesgarnos. En realidad fue la idea más sensata, teniendo en cuenta que en España no me pusieron la vacuna de la rabia.
Ya de vuelta de la fatídica ruta en la que perdimos a Yuca y no encontramos la cascada, un niño pequeño decidió perseguirnos lanzándonos globos de agua. Al fallar con los globos, se dirigió hecho una fiera a una furgoneta, de la que sacó una botella de agua de 2 litros. Eché a correr, y atrás quedó Ana, optimista, pensando que el niño tendría piedad.
-Amore -le dijo justo antes de que el niño le tirase los dos litros de agua encima.
Lo que pensamos que sería la anécdota de Tiquipaya resultó ser solamente el principio. Por las calles del pueblo niños y adolescentes se empeñaban en tirarnos globos de agua, atacarnos con pistolas de agua e incluso lanzar cubos y baldes con agua mezclada con tierra desde los balcones, las azoteas y las camionetas en movimiento. Sin poder ni siquiera conocer la plaza principal al haber chavales apostados cada pocos metros en cada calle, nos subimos al trufi de vuelta a Cochabamba, que tampoco se libró de los ataques de globos de agua por llevar una ventana abierta.
El último día en Cochabamba, conscientes de las limitaciones que suponía el carnaval si queríamos conservar la ropa seca, madrugamos para ir a una misa en una iglesia que queríamos ver. A las 7 de la mañana estábamos ya en la misa. Madrugando para ir a misa, yendo en ayunas a misa, una verdadera penitencia. Más tarde hicimos un free tour al que se unieron varios europeos (también holandeses, ¿por qué hay tantos holandeses en Bolivia?) que se desesperaron por la impuntualidad del guía. Recorrimos la ciudad, vimos varios murales políticos, entramos en un mercado con puestos de comida, en un mercado con tiendas de fruta y en otro en el que vendían fetos de llama. Era martes de challa, en que se agradece y se pide prosperidad a la Pachamama a las puertas de las casas y los negocios, quemando aquello a lo que se quiere atraer, incluido dinero. El olor a quemado impregnaba la ciudad esa mañana.
El vuelo salía por la tarde, y después de comer pedimos un taxi al aeropuerto desde el hotel. Justo antes de subir al taxi, unos niños nos lanzaron los últimos globos de agua. Cuando creíamos que había terminado, todavía seguía… Ya en el vuelo, despegamos más tarde porque cuando el avión intentó acelerar, la pista estaba llena de aves y el personal del aeropuerto iba a intentar espantarlas. Ana y yo nos reímos cuando el piloto informó de las circunstancias por megafonía. Cuando creíamos que había terminado… Ya en Santa Cruz, el bus de vuelta del aeropuerto terminó el recorrido antes de tiempo, dejándonos en la Ramada donde, nada más bajar del bus, con el equipaje y el móvil en la mano, un chaval pasó por nuestro lado y nos lanzó un balde de agua con pintura azul.
Un mes después del carnaval, todavía quedan restos de globos de agua en las calles de Santa Cruz. Las pinturas de colores que teñían calles y fachadas poco a poco se fueron lavando con las fuertes lluvias de marzo. Pero cada vez que contamos nuestras anécdotas huyendo de críos armados con baldes de agua en las calles de Tiquipaya, Cochabamba y Santa Cruz, enfundadas en nuestros chubasqueros extravagantes, a todo el mundo sigue pareciéndole divertidísimo. Más se perdió en la guerra. Más se perdió en muchas guerras. Bolivia en una guerra perdió el mar. Qué menos que dejar a los niños divertirse cuatro días al año con el agua.
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