viernes, 21 de febrero de 2025

La ciudad de las tres mentiras


Lo primero que pensé al escuchar el nombre de Santa Cruz de la Sierra fue lo que todo el mundo te dice al saber que te vas a Bolivia: ¡cuidado con el mal de altura! De Bolivia conocemos la parte andina, los ponchos, las cholitas y a Evo Morales. Y si La Paz estaba a casi 4.000 metros de altitud, una ciudad cuyo nombre incluye la palabra sierra, ¿a cuántos metros estaría? Pues, para mi sorpresa, a apenas 400.

Si Santa Cruz de la Sierra no estaba en la montaña, no tenía cruces más allá de las iglesias y presumiblemente tampoco era santa, parecía ser otra ciudad mentirosa, como Santillana del Mar, el pueblo de las tres mentiras, que ni es santa, ni es llana, ni tiene mar. Ya sabía algunas cosas que Santa Cruz no era. Pero entonces, ¿qué es Santa Cruz?

“¿Te vas a Bolivia? Pero ¿por qué?”, insistieron varias personas estos últimos meses. Que es peligroso, que solo hay pobreza y miseria, que nunca salga sola, que Bolivia es como un pueblo en el que nunca pasa nada, que está en medio de la selva, que hay fauna peligrosa, que me van a acribillar los mosquitos, que voy a pasarlo mal. “¿Has estado en Bolivia? ¿Conoces Santa Cruz o a alguien de la ciudad?”, respondía yo. En realidad, nadie tenía ninguna referencia.

Sin mucho conocimiento y con mucho más miedo del que me gustaría reconocer, subí a un avión trasatlántico directo de Madrid-Barajas a Santa Cruz-Viru Viru. Después de un vuelo un tanto desagradable, llegamos a la aduana boliviana, donde el funcionario que revisó mi pasaporte me dejó pasar sin hacerme ninguna pregunta. Maletas esparcidas por el suelo de la terminal, escáner de equipajes, declaración de no llevar objetos prohibidos y, por fin, en el coche para ir a la ciudad.

En ese primer viaje aprendí la primera lección sobre Santa Cruz; el tráfico. Prima la ley del más fuerte, quien sea más hábil y rápido se incorpora antes en cualquier cruce, los semáforos son optativos y los pasos de peatones no existen. El coche más grande tiene prioridad y los peatones se cuelan por entre los coches con habilidad para no ser atropellados. A los tres o cuatro carriles del mismo sentido que se adentraban en la ciudad se añadió un carril extra sin asfaltar, un camino de tierra lleno de baches por el que daban tumbos los precarios autobuses de colores y las camionetas en cuya parte de atrás viajaba gente que botaba a cada bache. En un lateral de la carretera, una bandada de avestruces paseaban por el campo.

Nuestra primera parada, ya en Santa Cruz, fue para cambiar los dólares estadounidenses que habíamos traído por bolivianos, la moneda local. El valor oficial del boliviano es una séptima parte que un dólar. Es decir, con 1 dólar comprarías 7 bolivianos, con 10 dólares 70 bolivianos, con 100 dólares 700 bolivianos. Sin embargo, por alguna razón macroeconómica que no logro acabar de entender, el valor del dólar en las calles de Bolivia es mayor a su valor oficial. La gente no puede sacar dólares del banco y, ante tal descenso en la oferta de dólares y una alta demanda, su valor sube. Por lo tanto, con 100 dólares se pueden conseguir 1125 bolivianos, mucho más que el valor oficial. Pero la forma de realizar la transacción fue con un señor apostado en la calle, cambiando billetes por la ventanilla abierta, bajo la atenta mirada del chófer, quien (espero) velaba por la seguridad de nuestras divisas. 

Después de la transacción poco legal, llegamos a nuestra segunda parada: Entel, la compañía móvil más grande del país, donde conseguir una tarjeta SIM local. El empleado que me atendió me preguntó por qué estaba en Bolivia, a lo que respondí que por trabajo. 

-¿Tan mal está España? -preguntó, extrañado.

-Eh, no, España no está mal ahora mismo.

-Pero… ¿tienes familia aquí?

-No.

El hombre me miró, incrédulo.

-Entonces… ¿por qué has venido? Normalmente la gente hace lo contrario, vamos de acá a España.

Me encogí de hombros, pagué la tarifa de prepago y salí de la tienda.

Conocimos el piso en el que pactamos quedarnos al menos los primeros días, probamos la piscina del edificio e hicimos una compra básica, descubriendo, muy a nuestro pesar, que en el supermercado solo las verduras son más baratas que en España, y los productos de higiene y cosmética son sustancialmente más caros. Más tarde descubrimos que la clave está en comprar en los mercados, que no pagan IVA.

El segundo día fuimos a la AECID, conocimos al personal y unas instalaciones casi lujosas en una zona muy precaria de la ciudad. Pero así es Santa Cruz: un taxi con los faros rotos y la luna reventada al lado de un Mercedes nuevo, chalés con seguridad privada y concertinas en los muros pegados a chabolas, calles sin asfaltar al lado de urbanizaciones caras. Recorriendo la ciudad valorando otras opciones de pisos vimos una moto con 5 personas: una niña agarrada al manillar, el padre, y la madre con un niño pequeño colgando de cada brazo. Ningún casco a la vista, ni en esta ni en la mayoría de las motos que se adentran en el caos del tráfico.

Al poco tiempo de llegar nos dimos cuenta de una barrera que no nos esperábamos encontrar: la barrera lingüística. Aquí no se saluda con dos besos sino con uno, apartamento es departamento, no se dan los buenos días sino que se dice “Buen día”, los autobuses son micros, los móviles son celulares, los centros comerciales son “malls”, a una persona se le llama pero a varias personas se les llama ustedes. Y sobre todo, nunca entendemos el menú de los restaurantes.


En la primera semana me picaron una cantidad indecente de mosquitos, o lo que espero que fueran mosquitos, porque en ningún momento vi a ningún insecto volador. Me pilló la lluvia torrencial varias veces en la calle, días soleados se convertían en tormentas tropicales en cuestión de segundos. Se cumplieron 200 años de la independencia de Santa Cruz y conocimos de primera mano el patriotismo de los cruceños en una ciudad en la que no se ven banderas de Bolivia, solo de Santa Cruz, verde-blanco-verde, exactamente igual que la andaluza. Las pintadas de las paredes y las opiniones de la mayoría de gente con la que pudimos hablar dan fe de una ciudad en la que Evo Morales no tiene apenas apoyo. 

Y lo único en lo que se puede pensar a estas alturas de febrero es en que se acerca el Carnaval. Además de los tradicionales desfiles y comparsas, es costumbre en Santa Cruz lanzar espuma y globos de agua a los transeúntes, globos ocasionalmente llenos también de pintura. Los compañeros de trabajo nos advierten e ilusionan con la llegada de las celebraciones. Pero para vivir el Carnaval boliviano todavía nos quedan un par de semanas.

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