lunes, 14 de julio de 2025

Cuánto mal puede hacer un hombre



La larga sombra de un señor engreído oscurece a diario el trabajo de decenas de personas. El ego de una persona que se pierde en las formas lleva a la angustia, a la desesperanza y de paso a la escasa productividad. No es el lobo feroz porque no fantasea con derribar chozas de cerditos sino con fusilar a mitad de la población mundial. Odia el país en el que vive, odia a la gente que lo habita, y presume de su odio delante de sus subordinados, nacionales del país que tanto detesta. La gente sonríe por compromiso. Las risas falsas e incómodas se vuelven una banda sonora a su alrededor. Hace calor, hace frío, hace calor de nuevo. ¿Cuándo era que se iba este señor?



En la calle Arenales hay televisiones rotas. Televisiones con la pantalla reventada, con las piezas troceadas, repartidas por la acera estrecha, llena de baches, que huele a orina. Me gustaría saber si son las mismas televisiones que hace cuatro meses, cuando llegué a la ciudad, denostando que nadie ha limpiado nunca la calle. O si son televisiones nuevas, siendo la calle de mi trabajo el vertedero oficial de televisiones cruceñas.



En mi oficina del primer piso se oyen gritos procedentes del tercero. Cada vez que suenan, todo el mundo se queda en silencio. Faltan dos personas en la oficina, tienen dengue. A cada mosquito que veo, no puedo evitar asumir que es portador del virus. Desde la ventana se ve un hombre tumbado en la puerta. Parece dormido, a ratos se mueve. En la calle Arenales un coche lleva una larga escalera sobre la baca. En medio de la carretera, dos hombres pegan el faro de un coche con super glue. Gente sin casco sobre las motos. Dos o tres adultos en la misma moto. Una familia de cinco sobre la moto. Una moto subida encima de otra moto. 





Desde la calle Arenales veo un coche girar a la izquierda. Conduce una mujer joven, que gira el volante con una mano mientras con la otra sostiene el teléfono contra su oreja. En el asiento del copiloto, una niña muy pequeña se asoma a la calle sacando medio cuerpo por la ventanilla mientras come una empanadita. No me llama la atención, y me fascino al darme cuenta de que ya no me sorprende. Lo poco que tarda uno en acostumbrarse a otro concepto de la seguridad vial. Hace tiempo que dejé de buscar cinturones en los asientos traseros de los coches porque sé que la mayoría no tienen. Ya nunca espero que un coche me ceda el paso en un paso de peatones, ni siquiera cuando hay un semáforo que me da la prioridad. Me subo al micro en marcha, cruzo cuatro o cinco carriles esquivando taxis destartalados, salto de acera en acera y fantaseo con la inalcanzable realidad de pasear por una calle peatonal.



Una blanca sombra que da miedo se vuelve omnipresente en un centro enorme. Nada está nunca bien para él en el catering del almuerzo. Un buen martes ponen de acompañamiento al surubí, uno de los pocos pescados que se pueden comer en Bolivia, unas patatas fritas. No eran las más crujientes ni las más sabrosas pero eran patatas fritas, nunca están de más. Pero haciendo alarde de su indignación habitual, un hombre perpetuamente enfadado agarra una patata frita y la agita en el aire, protestando por su flacidez. Poca salsa, mucha salsa, comida fría, comida caliente, mal acompañamiento, mal plato principal. 25 bolivianos cuesta el menú. Al cambio oficial, poco más de 3 euros. Al cambio paralelo, poco más de un euro.



Los micros pasan despacio por el centro, la gente los para cada poco tiempo. Aquí no hay paradas estipuladas, paras al micro donde quieres y te bajas cuando te conviene, aunque los conductores muchas veces hacen caso omiso de las peticiones de parada. Circulan lento entre los cruces y las calles oscuras. No suelo cruzar el centro de noche, ni en micro ni caminando, pero el regreso a casa de los entrenamientos de fútbol pasa sí o sí por las calles de una de las zonas rojas de la ciudad: el mercado de los pozos, en el centro. Siempre voy en el mismo micro, la línea 7, como esa canción de Paula Koops que romantiza la línea naranja del metro de Madrid. Una camioneta carga con un enorme espejo que devuelve el reflejo del viejo micro blanco y verde, desde el que en dos ocasiones he visto intentos de robo de teléfonos. Ambas veces fue un hombre intentando robarle el móvil a alguien desde fuera, introduciendo el brazo en el interior del vehículo desde la ventana abierta, aprovechando un semáforo, un cruce, o un momento en el que el micro circulaba despacio. En las dos ocasiones los pasajeros del micro lo han percibido, han cerrado las ventanas y se han advertido entre sí. Móviles al bolsillo, móviles a la mochila, ninguno a la vista y todos atentos al entorno hasta dejar al hombre atrás. Pero a la tercera vez fue la vencida, y en lugar de ver un intento de robo vi un robo en directo. 



Serían las 9 o las 10 de la noche y delante de mí había dos chicas sentadas. Eran dos adolescentes de no más de 14 o 15 años. Una de ellas llevaba el móvil en la mano y le enseñaba la pantalla a la otra. Cruzando los pozos, un hombre con los ojos enrojecidos se subió al micro, miró a su alrededor y, al verlas, estiró el brazo y cogió su teléfono. Se bajó y echó a correr, sin que el micro se llegase a detener del todo en ningún momento. Las niñas tardaron dos segundos en reaccionar, e inmediatamente se levantaron y echaron a correr detrás del hombre. Todo pasó muy rápido. El resto de personas del micro nos asomamos a la ventana trasera para ver a las chicas correr, que enseguida perdimos de vista en medio de la calle oscura. Alguien se dio cuenta entonces de un detalle: una de las adolescentes se había dejado la mochila en el asiento. Le pedimos al conductor que parase, pero dijo que no lo haría. Luego, pensamos en dejar la mochila en la calle. Antes de tomar ninguna decisión, las dos niñas aparecieron corriendo tras el micro. El micrero redujo la velocidad, las chicas se subieron y, para sorpresa de todo el mundo, habían recuperado el móvil. El cómo lo lograron sigue siendo un misterio para mí, pero desde luego se han vuelto mi ideal de resiliencia y tenacidad en esta extraña ciudad.

Cuánto mal puede hacer un hombre

La larga sombra de un señor engreído oscurece a diario el trabajo de decenas de personas. El ego de una persona que se pierde en las formas ...