Recordar el viaje de Semana Santa implica recordar a Sandra, de la empresa de tours con la que recorrimos Uyuni, una mujer agradable pero muy poco fiel a su palabra. La práctica totalidad de mis conversaciones con Ana durante un mes giraron en torno a Sandra, si nos había respondido, si nos había enviado los documentos que necesitábamos. Nunca nos negó nada. Le pedimos un recibo del tour, nos lo prometió. Que nos enviase los tickets para el bus, al día siguiente nos los tendría que haber enviado. Pero pasaban los días y no cumplía su palabra. Le volvíamos a hablar por WhatsApp y por teléfono, volvíamos a insistir, y nos seguía dando largas, mañana lo hago, ahorita lo envío, y así día tras día, semana tras semana, mientras nuestra única esperanza para fiarnos de su palabra residía en que un amigo de Ana ya había viajado con la misma operadora de tours. Pero los tickets del bus llegaron justo a tiempo. Todo lo acordado se cumplió pese a la informalidad de la comunicación previa. Y el viaje ocurrió sin ninguna incidencia.
Tampoco podemos olvidarnos de Cristian, nuestro chófer-guía-cocinero durante los 3 días y 3 noches que duró el tour de Uyuni. Tenía la misma edad que su coche, un guía joven y un todoterreno viejo, nos enseñó cinco canciones bolivianas en bucle una detrás de otra durante los cientos de kilómetros que recorrimos juntos, y se sabía las respuestas a las preguntas que se había memorizado. Si le sacábamos de su guion, no sabía qué decirnos. Bastante hacía el pobre.
Pasamos un fin de semana en La Paz, la ciudad en el valle rodeada de picos nevados a miles de metros de altitud, la ciudad con un sistema de transporte público de teleféricos de colores, la ciudad de los miradores, las luces, paisajes extraterrestres en el Valle de la Luna, un sol que quema de día y un frío que corta el alma de noche. Compramos amuletos bendecidos por una chamana en la Calle de las Brujas, nos imaginamos la ciudad colonial desde la calle Jaén, escuchamos la historia política reciente de Bolivia entre las palomas de la Plaza Murillo, nos espantamos con el funcionamiento autoorganizado de la cárcel de San Pedro, nos integramos en los eventos organizados para el Día del Niño: desfiles, conciertos, eventos de blanqueamiento de la policía antidrogas…
Conocimos Sucre, donde comimos mondongo y chorizo chuquisaqueño, paseamos sus calles blancas y nos encontramos el rodaje de una película histórica. Almorzando una salteña sentados cerca del mercado central, mi madre se hizo amiga de Justina, una señora que vivía en Sucre por cuestiones de salud, y detestaba Santa Cruz por las enfermedades que trae la humedad.
Recorrimos el salar de Uyuni, nos sacamos fotos cómicas, fotos ridículas, fotos dignas de blog de viajes, fotos propias de buenos guiris. Ascendimos hasta los 5.400 metros de altitud, sacando fotos cuando las vicuñas cruzaban la carretera, fascinados por la pasividad de las llamas, tan dignas, pastando en la montaña con sus aretes de colores. Pasamos frío, se nos secaron los labios y las manos, acabamos con el pelo lleno de sal. Dimos de comer a las vizcachas, pequeños roedores parecidos a los conejos. Nos asombramos viendo volar a los flamencos rosas, observando la Laguna Colorada, paseando entre los géiseres o en el cementerio de trenes, observando el volcán Tunupa desde la carretera, escalando en el Valle de Rocas y en Italia Perdida. Recorrimos el desierto y nos bañamos de noche en unas aguas termales de Polques que contrastaban tanto con la temperatura ambiente que dolía meterse, pero una vez dentro no podíamos dejar de mirar al cielo estrellado más bonito que habíamos visto nunca.
Pero el momento más reseñable del viaje fue, sin ningún tipo de duda, el ataque de la llama. Era el último día del tour. En el pueblo en el que íbamos a almorzar, mientras Cristian preparaba el almuerzo, di un paseo con mi madre por un prado en el propio pueblo, en el que las llamas pastaban tranquilamente. Buscando sacarle una foto a mi madre con alguna llama cerca, nos acercamos por un lateral a la zona donde se encontraban las llamas. Si nos acercábamos diez metros caminando, caminando se alejaban diez metros las llamas. Pero según el rebaño de llamas se alejaba, una única llama se acercaba hacia nosotras. Según la llama se acercaba diez metros, diez metros nos alejábamos nosotras.
En un borde del prado, sin haber hecho ningún tipo de amago de adentrarnos en el territorio de las llamas, aquella llama parecía venir a echarnos. Primero se acercó a mi madre y le bufó al oído. Después vino hacia mí y se me acercó por detrás mientras me alejaba. ¿Cómo actuar ante una llama violenta? ¿Alejarse caminando? ¿Quedarse quieta? ¿Correr? No me quedé mirándola de frente por si me escupía, que era la que pensaba que era la peor opción. Mientras me alejaba caminando, vigilaba la sombra de la llama. La llama se me acercaba, estaba a mi altura. Y se levantó sobre sus dos patas traseras.
-Sí, anda -dije, incrédula.
De pie sobre sus dos patas traseras, la llama me golpeó con las patas delanteras, empujándome aunque sin hacerme daño. Me alejé de ella y ya fuera del prado me llevé las manos a los bolsillos.
-Se me ha caído el móvil.
Quise regresar a donde me había atacado la llama para recuperarlo, pero allí seguía el animal, mirándome fijamente. Si hacía amago de acercarme, ella se acercaba más a mí. Mientras la llama me sostenía fijamente la mirada, tuvo que ir mi madre a recuperar mi móvil. La llama me miraba. Yo miraba a la llama. Mi madre paseaba entre medias tranquilamente. Aquello era personal.
Ya a punto de irnos de aquel pueblo, la llama que me había atacado se coló entre los todoterrenos, donde los turistas se sacaron fotos con ella y la acariciaron.
-Yo a esa llama no me acerco, que me atacó hace un rato -dije.
-¿En serio? Pero si las llamas son pacíficas -respondió una turista.
-Pues esta no.
Cuando nosotros ya estábamos subidos en nuestro coche para continuar el camino, los turistas ya se habían aburrido de la llama y le daban la espalda. Ignorada por todo el mundo, la llama entonces se acercó por la espalda a una señora mayor y saltó encima suya igual que había saltado hacia mí, con la diferencia de que la señora no lo vio venir. Acabó en el suelo, siendo atendida por el resto de los presentes, mientras la llama observaba con curiosidad. ¿Acaso la llama solo querría jugar? ¿En vez de echarme lo único que quería era que le hiciera caso? Ella vino a por mí, igual que fue a por la señora, igual que no se quería ir de la zona de los turistas.
Ya lejos de la llama violenta, o juguetona, o aburrida, mi madre me confesó que había inmortalizado el ataque con una preciosa fotografía. Así fue como logré evidencia gráfica de la anécdota que nadie me creería si no pudiera demostrar.