lunes, 14 de julio de 2025

Cuánto mal puede hacer un hombre



La larga sombra de un señor engreído oscurece a diario el trabajo de decenas de personas. El ego de una persona que se pierde en las formas lleva a la angustia, a la desesperanza y de paso a la escasa productividad. No es el lobo feroz porque no fantasea con derribar chozas de cerditos sino con fusilar a mitad de la población mundial. Odia el país en el que vive, odia a la gente que lo habita, y presume de su odio delante de sus subordinados, nacionales del país que tanto detesta. La gente sonríe por compromiso. Las risas falsas e incómodas se vuelven una banda sonora a su alrededor. Hace calor, hace frío, hace calor de nuevo. ¿Cuándo era que se iba este señor?



En la calle Arenales hay televisiones rotas. Televisiones con la pantalla reventada, con las piezas troceadas, repartidas por la acera estrecha, llena de baches, que huele a orina. Me gustaría saber si son las mismas televisiones que hace cuatro meses, cuando llegué a la ciudad, denostando que nadie ha limpiado nunca la calle. O si son televisiones nuevas, siendo la calle de mi trabajo el vertedero oficial de televisiones cruceñas.



En mi oficina del primer piso se oyen gritos procedentes del tercero. Cada vez que suenan, todo el mundo se queda en silencio. Faltan dos personas en la oficina, tienen dengue. A cada mosquito que veo, no puedo evitar asumir que es portador del virus. Desde la ventana se ve un hombre tumbado en la puerta. Parece dormido, a ratos se mueve. En la calle Arenales un coche lleva una larga escalera sobre la baca. En medio de la carretera, dos hombres pegan el faro de un coche con super glue. Gente sin casco sobre las motos. Dos o tres adultos en la misma moto. Una familia de cinco sobre la moto. Una moto subida encima de otra moto. 





Desde la calle Arenales veo un coche girar a la izquierda. Conduce una mujer joven, que gira el volante con una mano mientras con la otra sostiene el teléfono contra su oreja. En el asiento del copiloto, una niña muy pequeña se asoma a la calle sacando medio cuerpo por la ventanilla mientras come una empanadita. No me llama la atención, y me fascino al darme cuenta de que ya no me sorprende. Lo poco que tarda uno en acostumbrarse a otro concepto de la seguridad vial. Hace tiempo que dejé de buscar cinturones en los asientos traseros de los coches porque sé que la mayoría no tienen. Ya nunca espero que un coche me ceda el paso en un paso de peatones, ni siquiera cuando hay un semáforo que me da la prioridad. Me subo al micro en marcha, cruzo cuatro o cinco carriles esquivando taxis destartalados, salto de acera en acera y fantaseo con la inalcanzable realidad de pasear por una calle peatonal.



Una blanca sombra que da miedo se vuelve omnipresente en un centro enorme. Nada está nunca bien para él en el catering del almuerzo. Un buen martes ponen de acompañamiento al surubí, uno de los pocos pescados que se pueden comer en Bolivia, unas patatas fritas. No eran las más crujientes ni las más sabrosas pero eran patatas fritas, nunca están de más. Pero haciendo alarde de su indignación habitual, un hombre perpetuamente enfadado agarra una patata frita y la agita en el aire, protestando por su flacidez. Poca salsa, mucha salsa, comida fría, comida caliente, mal acompañamiento, mal plato principal. 25 bolivianos cuesta el menú. Al cambio oficial, poco más de 3 euros. Al cambio paralelo, poco más de un euro.



Los micros pasan despacio por el centro, la gente los para cada poco tiempo. Aquí no hay paradas estipuladas, paras al micro donde quieres y te bajas cuando te conviene, aunque los conductores muchas veces hacen caso omiso de las peticiones de parada. Circulan lento entre los cruces y las calles oscuras. No suelo cruzar el centro de noche, ni en micro ni caminando, pero el regreso a casa de los entrenamientos de fútbol pasa sí o sí por las calles de una de las zonas rojas de la ciudad: el mercado de los pozos, en el centro. Siempre voy en el mismo micro, la línea 7, como esa canción de Paula Koops que romantiza la línea naranja del metro de Madrid. Una camioneta carga con un enorme espejo que devuelve el reflejo del viejo micro blanco y verde, desde el que en dos ocasiones he visto intentos de robo de teléfonos. Ambas veces fue un hombre intentando robarle el móvil a alguien desde fuera, introduciendo el brazo en el interior del vehículo desde la ventana abierta, aprovechando un semáforo, un cruce, o un momento en el que el micro circulaba despacio. En las dos ocasiones los pasajeros del micro lo han percibido, han cerrado las ventanas y se han advertido entre sí. Móviles al bolsillo, móviles a la mochila, ninguno a la vista y todos atentos al entorno hasta dejar al hombre atrás. Pero a la tercera vez fue la vencida, y en lugar de ver un intento de robo vi un robo en directo. 



Serían las 9 o las 10 de la noche y delante de mí había dos chicas sentadas. Eran dos adolescentes de no más de 14 o 15 años. Una de ellas llevaba el móvil en la mano y le enseñaba la pantalla a la otra. Cruzando los pozos, un hombre con los ojos enrojecidos se subió al micro, miró a su alrededor y, al verlas, estiró el brazo y cogió su teléfono. Se bajó y echó a correr, sin que el micro se llegase a detener del todo en ningún momento. Las niñas tardaron dos segundos en reaccionar, e inmediatamente se levantaron y echaron a correr detrás del hombre. Todo pasó muy rápido. El resto de personas del micro nos asomamos a la ventana trasera para ver a las chicas correr, que enseguida perdimos de vista en medio de la calle oscura. Alguien se dio cuenta entonces de un detalle: una de las adolescentes se había dejado la mochila en el asiento. Le pedimos al conductor que parase, pero dijo que no lo haría. Luego, pensamos en dejar la mochila en la calle. Antes de tomar ninguna decisión, las dos niñas aparecieron corriendo tras el micro. El micrero redujo la velocidad, las chicas se subieron y, para sorpresa de todo el mundo, habían recuperado el móvil. El cómo lo lograron sigue siendo un misterio para mí, pero desde luego se han vuelto mi ideal de resiliencia y tenacidad en esta extraña ciudad.

viernes, 30 de mayo de 2025

El ataque de la llama


Recordar el viaje de Semana Santa implica recordar a Sandra, de la empresa de tours con la que recorrimos Uyuni, una mujer agradable pero muy poco fiel a su palabra. La práctica totalidad de mis conversaciones con Ana durante un mes giraron en torno a Sandra, si nos había respondido, si nos había enviado los documentos que necesitábamos. Nunca nos negó nada. Le pedimos un recibo del tour, nos lo prometió. Que nos enviase los tickets para el bus, al día siguiente nos los tendría que haber enviado. Pero pasaban los días y no cumplía su palabra. Le volvíamos a hablar por WhatsApp y por teléfono, volvíamos a insistir, y nos seguía dando largas, mañana lo hago, ahorita lo envío, y así día tras día, semana tras semana, mientras nuestra única esperanza para fiarnos de su palabra residía en que un amigo de Ana ya había viajado con la misma operadora de tours. Pero los tickets del bus llegaron justo a tiempo. Todo lo acordado se cumplió pese a la informalidad de la comunicación previa. Y el viaje ocurrió sin ninguna incidencia.



Tampoco podemos olvidarnos de Cristian, nuestro chófer-guía-cocinero durante los 3 días y 3 noches que duró el tour de Uyuni. Tenía la misma edad que su coche, un guía joven y un todoterreno viejo, nos enseñó cinco canciones bolivianas en bucle una detrás de otra durante los cientos de kilómetros que recorrimos juntos, y se sabía las respuestas a las preguntas que se había memorizado. Si le sacábamos de su guion, no sabía qué decirnos. Bastante hacía el pobre.


Pasamos un fin de semana en La Paz, la ciudad en el valle rodeada de picos nevados a miles de metros de altitud, la ciudad con un sistema de transporte público de teleféricos de colores, la ciudad de los miradores, las luces, paisajes extraterrestres en el Valle de la Luna, un sol que quema de día y un frío que corta el alma de noche. Compramos amuletos bendecidos por una chamana en la Calle de las Brujas, nos imaginamos la ciudad colonial desde la calle Jaén, escuchamos la historia política reciente de Bolivia entre las palomas de la Plaza Murillo, nos espantamos con el funcionamiento autoorganizado de la cárcel de San Pedro, nos integramos en los eventos organizados para el Día del Niño: desfiles, conciertos, eventos de blanqueamiento de la policía antidrogas…







Conocimos Sucre, donde comimos mondongo y chorizo chuquisaqueño, paseamos sus calles blancas y nos encontramos el rodaje de una película histórica. Almorzando una salteña sentados cerca del mercado central, mi madre se hizo amiga de Justina, una señora que vivía en Sucre por cuestiones de salud, y detestaba Santa Cruz por las enfermedades que trae la humedad.






Recorrimos el salar de Uyuni, nos sacamos fotos cómicas, fotos ridículas, fotos dignas de blog de viajes, fotos propias de buenos guiris. Ascendimos hasta los 5.400 metros de altitud, sacando fotos cuando las vicuñas cruzaban la carretera, fascinados por la pasividad de las llamas, tan dignas, pastando en la montaña con sus aretes de colores. Pasamos frío, se nos secaron los labios y las manos, acabamos con el pelo lleno de sal. Dimos de comer a las vizcachas, pequeños roedores parecidos a los conejos. Nos asombramos viendo volar a los flamencos rosas, observando la Laguna Colorada, paseando entre los géiseres o en el cementerio de trenes, observando el volcán Tunupa desde la carretera, escalando en el Valle de Rocas y en Italia Perdida. Recorrimos el desierto y nos bañamos de noche en unas aguas termales de Polques que contrastaban tanto con la temperatura ambiente que dolía meterse, pero una vez dentro no podíamos dejar de mirar al cielo estrellado más bonito que habíamos visto nunca.






Pero el momento más reseñable del viaje fue, sin ningún tipo de duda, el ataque de la llama. Era el último día del tour. En el pueblo en el que íbamos a almorzar, mientras Cristian preparaba el almuerzo, di un paseo con mi madre por un prado en  el propio pueblo, en el que las llamas pastaban tranquilamente. Buscando sacarle una foto a mi madre con alguna llama cerca, nos acercamos por un lateral a la zona donde se encontraban las llamas. Si nos acercábamos diez metros caminando, caminando se alejaban diez metros las llamas. Pero según el rebaño de llamas se alejaba, una única llama se acercaba hacia nosotras. Según la llama se acercaba diez metros, diez metros nos alejábamos nosotras. 



En un borde del prado, sin haber hecho ningún tipo de amago de adentrarnos en el territorio de las llamas, aquella llama parecía venir a echarnos. Primero se acercó a mi madre y le bufó al oído. Después vino hacia mí y se me acercó por detrás mientras me alejaba. ¿Cómo actuar ante una llama violenta? ¿Alejarse caminando? ¿Quedarse quieta? ¿Correr? No me quedé mirándola de frente por si me escupía, que era la que pensaba que era la peor opción. Mientras me alejaba caminando, vigilaba la sombra de la llama. La llama se me acercaba, estaba a mi altura. Y se levantó sobre sus dos patas traseras.


-Sí, anda -dije, incrédula.


De pie sobre sus dos patas traseras, la llama me golpeó con las patas delanteras, empujándome aunque sin hacerme daño. Me alejé de ella y ya fuera del prado me llevé las manos a los bolsillos.


-Se me ha caído el móvil.


Quise regresar a donde me había atacado la llama para recuperarlo, pero allí seguía el animal, mirándome fijamente. Si hacía amago de acercarme, ella se acercaba más a mí. Mientras la llama me sostenía fijamente la mirada, tuvo que ir mi madre a recuperar mi móvil. La llama me miraba. Yo miraba a la llama. Mi madre paseaba entre medias tranquilamente. Aquello era personal.


Ya a punto de irnos de aquel pueblo, la llama que me había atacado se coló entre los todoterrenos, donde los turistas se sacaron fotos con ella y la acariciaron.


-Yo a esa llama no me acerco, que me atacó hace un rato -dije.


-¿En serio? Pero si las llamas son pacíficas -respondió una turista.


-Pues esta no.


Cuando nosotros ya estábamos subidos en nuestro coche para continuar el camino, los turistas ya se habían aburrido de la llama y le daban la espalda. Ignorada por todo el mundo, la llama entonces se acercó por la espalda a una señora mayor y saltó encima suya igual que había saltado hacia mí, con la diferencia de que la señora no lo vio venir. Acabó en el suelo, siendo atendida por el resto de los presentes, mientras la llama observaba con curiosidad. ¿Acaso la llama solo querría jugar? ¿En vez de echarme lo único que quería era que le hiciera caso? Ella vino a por mí, igual que fue a por la señora, igual que no se quería ir de la zona de los turistas. 


Ya lejos de la llama violenta, o juguetona, o aburrida, mi madre me confesó que había inmortalizado el ataque con una preciosa fotografía. Así fue como logré evidencia gráfica de la anécdota que nadie me creería si no pudiera demostrar.


domingo, 20 de abril de 2025

Viva el Carnaval


Saturno tiene siete anillos. Santa Cruz tiene once. Atravesar cada uno de ellos para salir de la ciudad rumbo a Oruro en hora punta fue lento y tedioso. Salimos con una hora de retraso pero ¿qué importaba? El trayecto duraba unas 18 horas, hora arriba, hora abajo, ¿acaso suponía alguna diferencia? Según los edificios, casas y condominios iban quedando atrás, nos despedimos por unos días de la ciudad de los once anillos.


En cuestión de comodidad, los buses de ALSA no le llegan a la suela de los zapatos a las flotas bolivianas. Asientos totalmente reclinables, con apoyabrazos y reposapiés, con mucho más espacio que los buses españoles. Quizá nos resultaron extraordinariamente cómodos y agradables después de estar varias horas de pie en el andén de la estación bimodal.


Pollo a la brasa señores, hay pollo, pollito.


Cuñapé cuñapé cuñapé, cuñapé, cuñapéee.


Agua, refrescos, agua fresquita. ¿Quiere un agua?


La banda sonora de la estación nos distraía del pensamiento recurrente de que nuestro bus pudiera no aparecer. Teníamos pasaje, estábamos en el andén, pero hasta que no nos subiéramos a la flota, no respiraríamos tranquilas. Pero afortunadamente el bus apareció, salimos de Santa Cruz y nos adentramos en el viaje por carretera más largo que he hecho nunca. Sentadas en la primera fila del piso superior, contemplamos la carretera hasta que la noche y la condensación de la ventana delantera nos lo impidió. Me quedé dormida poco después de pasar Warnes y cuando desperté ya era de día y habíamos dejado atrás Cochabamba. El paisaje se había vuelto montañoso y, aunque en el momento no lo noté, supuse que estábamos cerca de los 3.700 metros sobre el nivel del mar a los que está Oruro.



Ya en la capital minera de Bolivia, buscamos el hotel en el que conseguir nuestras manillas para la gradería. Conseguir las pulseras que daban acceso a la grada desde la que ver el desfile. En el hotel Beirut, ubicado en la zona de mayor ajetreo de la ciudad, nos aseguraron que no sabían nada de ninguna gradería.


-¿Cómo que no? Pero si en la reserva pone hotel Beirut.


-No tenemos gradería.


Ana y yo nos miramos. Ya está, nos habían estafado, habíamos cruzado medio país para nada, porque sin acceso a una grada no se puede ver el desfile, y ya no quedaban entradas en ninguna grada.


-No tenemos gradería, lo hemos externalizado.


-Pero entonces sí hay una gradería a nombre del hotel Beirut.


-Sí pero no lo llevamos aquí.


-Y ¿quién lo lleva?


-Una mujer, está por ahí fuera.


De poder dejar la mochila en la que llevábamos la ropa para cinco días en el hotel ni hablar, y pasar al baño mucho menos. Al parecer, estaba cortada el agua. En la calle, conseguimos encontrar a la mujer que nos debía dar las manillas pero para llegar hasta ella había que subir una escalera totalmente vertical desde la calle hasta la zona más alta de la gradería. Ni siquiera era tan alta, pero la falta de oxígeno hacía fatigosa la subida.



Entre diabladas, morenadas y caporales pasamos horas sentadas mirando fijamente el espectáculo a nuestros pies. La gradería incluía una hamburguesa que debía llegar a las 2, pero al ver que se retrasaba decidimos bajar a comprar comida. Y menos mal, porque llegó a las 7. A media tarde encontramos una cafetería llamada Typica, y nos impresionó sus bebidas y su decorado. Una cafetería para gringos que nos salvó el día. Más tarde supimos que hay varias cafeterías de mismo nombre en Bolivia. 


Callejeando para lograr llegar a la iglesia de la Virgen del Socavón, a la que se honra en el carnaval y donde termina el desfile. Caminar entre tanta gente se volvía casi imposible. En cierto momento, un grupo de personas nos abrieron paso increpando a la gente de alrededor.


-¡Déjenlas pasar! Son extranjeras, hay que quedar bien.



Ya de noche, de vuelta en el graderío, pregunté a uno de los organizadores por la discoteca para la que teníamos la entrada incluida, pero el tipo no parecía entenderme, aún cuando reformulé la frase en varias ocasiones. Un chico boliviano que vio cómo no nos entendíamos se acercó y me habló en inglés, supongo que pensando que el fallo de la comunicación se daba porque yo no hablase español. Le respondí en español, pero el chico seguía erre que erre hablándome en inglés.


-Where are you from? -acabó preguntando.


-España -respondí.


-¡Ah, bueno! 


Y ahí por fin pasó a hablarme en español. Su grupo de amigos en cierto momento se refirió a nosotras como gringas, a lo que respondimos ofendidas. Cómo que gringas. Sin ser nosotras nada de eso. Pero nos quisieron aclarar que no era nada malo, que simplemente era referencia a que somos blancas. Según avanzaba la noche, si no nos ofrecieron alcohol 10 personas distintas, no nos ofreció nadie. 



La temperatura bajaba, acabé comprando una bufanda, y decidimos ir a la discoteca para huir del frío. Dentro, nos animamos a bailar un poco aunque sin perder de vista nuestras mochilas y nos acercamos a un grupo de gringos más gringos que nosotras vestidos de forma estrafalaria. Hablamos con ellos en inglés y, cuando nos preguntaron los nombres, no dudamos en sacar a relucir el alter ego que nos habíamos inventado unos días antes.


-My name is Victoria -dije.


-And I am Federica -dijo Ana.


Victoria y Federica, nuestros alter ego pijos, en honor a Victoria Federica, la sobrina del rey. Quizá a un español le podría chirriar, aunque por qué no íbamos a ser Fede y Vicky, pero ¿a un extranjero? No pillarían el chiste ni explicándoselo. Los holandeses, agradecidos al principio por interactuar con nosotras pensando que éramos italianas o francesas, dejaron de lado su simpatía al saber que éramos españolas y dejaron de hablarnos.


-¿Acaban de ser… racistas? -nos preguntamos.


Poco antes de las 4 de la mañana cogimos un taxi para volver a la estación de buses de Oruro. Conseguimos pasaje para viajar con la única empresa que circulaba esa mañana a Cochabamba a las 5 de la mañana. Las 4 horas de viaje fueron nuestro único descanso. Segunda noche consecutiva durmiendo en un autobús.


Ya en Cochabamba, nos dirigimos al hotel para poder soltar de una vez las mochilas que llevábamos pegadas como un apéndice más de nuestro cuerpo desde hacía dos días. También pudimos ducharnos por primera vez en dos días. No paramos a descansar sino que buscamos directamente dónde comer algo, y con el estómago lleno decidimos subir a ver el Cristo de la Concordia (que, por cierto, es más grande que el de Brasil). Como el teleférico estaba fuera de servicio desde hacía un par de años, no nos quedó más remedio que subir caminando los 1.399 escalones. A más de 2.500 metros de altitud sobre el nivel del mar. Después de dos noches sin dormir en una cama. Y todo por no pagar un taxi que nos habría costado unos 5 euros a dividir entre dos. 


Las vistas desde el Cristo merecían la pena, tanto las que daban a la ciudad como las que mostraban las montañas de alrededor. Nos quisimos sacar fotos juntas con el temporizador de la cámara, dando lugar a escenas graciosas haciendo parkour en los 10 segundos de margen que da el temporizador para llegar al lugar a donde enfoca la cámara. Bajamos los 1.399 escalones y cenamos un silpancho y un trancapecho en un local en el que al resto de clientes les dio por mirarnos raro. Antes de regresar al hotel, visitamos el café Typica de Cochabamba en búsqueda de algo dulce, y uno de los camareros nos contó la historia de la marca y dónde encontrar la sucursal de Santa Cruz. 


Aquella noche, después de dos noches consecutivas durmiendo en autobuses, dormimos 11 horas, y solo nos despertamos obligadas por el horario del desayuno. Si no fuera por el incentivo del desayuno del hotel, quizá todavía seguiríamos durmiendo.


Por la mañana decidimos visitar Tiquipaya, una pequeña localidad cerca de Cochabamba. Hicimos una ruta en búsqueda de una cascada que no existía y nos hicimos amigas de un perrito al que decidimos llamar Yuca, que nos acompañó durante un rato muy largo, paradas incluidas, hasta que, de repente, desapareció. En otros tramos de la ruta tuvimos que dar la vuelta al estar el camino conquistado por 5 o 10 perros que, con cara de pocos amigos, nos ladraban y perseguían. Aunque intenté convencer a Ana de cruzar igualmente con un palo, finalmente optamos por no arriesgarnos. En realidad fue la idea más sensata, teniendo en cuenta que en España no me pusieron la vacuna de la rabia.


Ya de vuelta de la fatídica ruta en la que perdimos a Yuca y no encontramos la cascada, un niño pequeño decidió perseguirnos lanzándonos globos de agua. Al fallar con los globos, se dirigió hecho una fiera a una furgoneta, de la que sacó una botella de agua de 2 litros. Eché a correr, y atrás quedó Ana, optimista, pensando que el niño tendría piedad.


-Amore -le dijo justo antes de que el niño le tirase los dos litros de agua encima.


Lo que pensamos que sería la anécdota de Tiquipaya resultó ser solamente el principio. Por las calles del pueblo niños y adolescentes se empeñaban en tirarnos globos de agua, atacarnos con pistolas de agua e incluso lanzar cubos y baldes con agua mezclada con tierra desde los balcones, las azoteas y las camionetas en movimiento. Sin poder ni siquiera conocer la plaza principal al haber chavales apostados cada pocos metros en cada calle, nos subimos al trufi de vuelta a Cochabamba, que tampoco se libró de los ataques de globos de agua por llevar una ventana abierta. 


El último día en Cochabamba, conscientes de las limitaciones que suponía el carnaval si queríamos conservar la ropa seca, madrugamos para ir a una misa en una iglesia que queríamos ver. A las 7 de la mañana estábamos ya en la misa. Madrugando para ir a misa, yendo en ayunas a misa, una verdadera penitencia. Más tarde hicimos un free tour al que se unieron varios europeos (también holandeses, ¿por qué hay tantos holandeses en Bolivia?) que se desesperaron por la impuntualidad del guía. Recorrimos la ciudad, vimos varios murales políticos, entramos en un mercado con puestos de comida, en un mercado con tiendas de fruta y en otro en el que vendían fetos de llama. Era martes de challa, en que se agradece y se pide prosperidad a la Pachamama a las puertas de las casas y los negocios, quemando aquello a lo que se quiere atraer, incluido dinero. El olor a quemado impregnaba la ciudad esa mañana.


El vuelo salía por la tarde, y después de comer pedimos un taxi al aeropuerto desde el hotel. Justo antes de subir al taxi, unos niños nos lanzaron los últimos globos de agua. Cuando creíamos que había terminado, todavía seguía… Ya en el vuelo, despegamos más tarde porque cuando el avión intentó acelerar, la pista estaba llena de aves y el personal del aeropuerto iba a intentar espantarlas. Ana y yo nos reímos cuando el piloto informó de las circunstancias por megafonía. Cuando creíamos que había terminado… Ya en Santa Cruz, el bus de vuelta del aeropuerto terminó el recorrido antes de tiempo, dejándonos en la Ramada donde, nada más bajar del bus, con el equipaje y el móvil en la mano, un chaval pasó por nuestro lado y nos lanzó un balde de agua con pintura azul. 


Un mes después del carnaval, todavía quedan restos de globos de agua en las calles de Santa Cruz. Las pinturas de colores que teñían calles y fachadas poco a poco se fueron lavando con las fuertes lluvias de marzo. Pero cada vez que contamos nuestras anécdotas huyendo de críos armados con baldes de agua en las calles de Tiquipaya, Cochabamba y Santa Cruz, enfundadas en nuestros chubasqueros extravagantes, a todo el mundo sigue pareciéndole divertidísimo. Más se perdió en la guerra. Más se perdió en muchas guerras. Bolivia en una guerra perdió el mar. Qué menos que dejar a los niños divertirse cuatro días al año con el agua.


domingo, 16 de marzo de 2025

La tiranía del aire acondicionado


En la oficina hay dos corrientes de pensamiento: las que sueñan con trabajar en la Antártida, tener las manos frías y ser incapaces de sudar, y quienes hemos venido a la Amazonía con ropa de verano. El aire acondicionado inhumanamente alto a una temperatura antinatural me ha hecho replantearme si pasaré más frío en Bolivia del que pasé en Canadá. Ante la ausencia de una mediación imparcial, la solución ha sido encender y apagar el aire acondicionado a escondidas según quién se ausenta de la oficina.


Pero ni el calor de la calle ni el frío de la oficina son nada al lado de la incertidumbre de las tormentas. Un día soleado a 30 grados se convierte en una tormenta eléctrica con lluvias torrenciales en un abrir y cerrar de ojos. Y, por supuesto, siempre nos pillan en los momentos más inoportunos. Como aquel buen día que decidimos investigar la estación bimodal para preguntar por los billetes de bus a Oruro. Más bien, los pasajes de flota a Oruro.


El desarrollo de los acontecimientos fue algo así:


Ana y yo, dos extranjeras blancas recorrimos con decisión la avenida de Brasil.


Ana y yo, dos extranjeras blancas con chubasqueros extravagantes nos acercamos a la estación bimodal por calles embarradas en las que algunos hombres se nos quedaban mirando desde talleres ubicados en garajes precarios.


Ana y yo, dos extranjeras blancas con chubasqueros extravagantes, empapadas por la lluvia, llenas de barro, nos refugiamos en una tienda de muebles, nos desesperamos discutiendo con las empleadas de TransCopacabana en la estación bimodal y buscamos el parque urbano con una ubicación pésima en el teléfono móvil.


Ana y yo, dos extranjeras blancas con chubasqueros extravagantes, empapadas por la lluvia, llenas de barro, tremendamente cansadas y hartas de la tormenta, volvimos a casa por el primer anillo, refugiándonos a ratos bajo árboles frondosos.



¿Pasajes de flota a Oruro? No se podían comprar con antelación. Que fuéramos el mismo día en el que queríamos viajar. O quizá el día de antes podríamos probar suerte. A primera hora, a las 6:30, o de lo contrario no quedarían plazas. ¿Y comprar los billetes por internet? En el trabajo se rieron de nosotras al sugerirlo. “Que quieren comprar los pasajes por internet, ¡por internet! ¡Y con antelación! Optimistas…”.


En aquella desafortunada aventura pasada por agua, de puro cansancio nada nos llamaba la atención. No nos llamó la atención cruzarnos con una señora con un loro en la cabeza. Ni ver a una niña barriendo el agua de un solar lleno de muebles. Ni que casi nos atropellaron mil veces. Ni el caos de la estación bimodal. Ni que Google Maps decidiese no funcionar precisamente aquel día. Ni que las motos amenazasen con atropellarnos incluso campo a través, fuera de la carretera.


Para sobrevivir al tráfico pronto entendimos que teníamos que formar parte de él. Y así fue como aprendimos el funcionamiento de los micros, los mini buses urbanos, pintados de colores, llenos de lemas religiosos y pegatinas de diversa índole, que circulan por la ciudad de la forma más temeraria posible y se paran para recoger y dejar pasajeros donde la gente pide y no donde hay paradas estipuladas. Mención honorífica al micro que lleva por lema “Solo dios me puede jusgar” y una pegatina de Piolín apuntando con una pistola.


De las cosas más divertidas del micro, además de ver cómo el conductor acelera en los cruces y hace sonar el claxon para que el resto de vehículos le cedan el paso, es cuando llevan la radio puesta. "Los españoles se están peleando, tranquilos españoles", decía la emisora un día, dios sabe a cuento de qué. En el noticiero, narran cómo se pilló a un conductor de flota ebrio en la estación bimodal, y a continuación le entrevistan. Así, en directo, un hombre claramente borracho defendiéndose y argumentando no haber bebido tanto antes de conducir. Otro día el titular es el asesinato de un general de policía en la ciudad. Con frecuencia hablan de la escasez de gasolina y las largas colas que se montan en las gasolineras. Y, por supuesto, temas de actualidad política. 2025 es año electoral en Bolivia, y la posición política de la mayoría de cruceños con los que hemos hablado da fe de diferencias ideológicas importantes entre Santa Cruz y el altiplano.


Pero si hay un tema que está realmente polarizado en este país es el de las salteñas, uno de los platos típicos más venerados. Una de las primeras discusiones que presenciamos fue sobre si la salteña de pollo tiene derecho a existir. Hay quien defiende a capa y espada que solo la salteña de carne es una salteña de verdad. En cambio, otra gente asegura que las salteñas de carne a veces sientan mal, mientras las de pollo son un acierto seguro. También están, por supuesto, las salteñas picantes y las no picantes, para estómagos frágiles. ¿Mi opinión? Viva la pluralidad, supongo. Y vivan las salteñas, ese tipo de empanadilla rellenas de un guiso completo, con su carne, sus patatas y su caldo, que se venden en cada esquina de la ciudad todas las mañanas para desayunar. La gastronomía boliviana no es precisamente ligera.


En las conversaciones de sobremesa no solo aprendimos sobre los distintos tipos de salteñas y las opiniones polarizadas al respecto. También supimos que en Bolivia hay un día del mar, en el que se rememora la pérdida del mar por la guerra con Chile. “Pero tampoco lo lloramos demasiado porque cuando nos quitaron el mar era Carnaval y estábamos todos borrachos, no pudimos ni defendernos”, nos dijo alguien, restándole importancia. Otro día nos hablaron de los términos “colla” y “camba”. En Santa Cruz hay mucho orgullo “camba”, una exaltación de la diferencia con la región andina, reivindicación de la particularidad y cierto enfado con que la imagen de Bolivia más allá de las fronteras se base en el movimiento indigenista y el altiplano, que representa algo menos de la mitad de la geografía boliviana. En cambio, “colla”, el término con el que referirse a la gente del otro lado del país, puede ser percibido como un insulto. “Nunca llaméis colla a un colla. Aunque lo sea”, nos advirtieron. 



No tengo claro si es algo “colla”, “camba” o simplemente boliviano, pero una curiosidad de la que nos han hablado bastante es el sincretismo religioso. Elementos de la fe cristiana entremezclados con costumbres ancestrales o creencias precoloniales. Una mujer del trabajo lo explicaba de la mejor manera posible:


-Hace unos años tuve una muy mala época. Me salía muy mal todo, necesitaba ayuda. Entonces mi mamá católica llamó a un cura y a un chamán. Mejor pedir ayuda a todos los dioses.


Al elegir definitivamente el piso en el que vivir Ana y yo, también nos instaron a “challar” la casa. La definición exacta de lo que implica y cómo se lleva a cabo va más allá de mi entendimiento, pero por lo que he entendido incluye algo así como una bendición de una casa o un negocio realizando una ofrenda a la Pachamama, echando un chorro de alcohol en el suelo y, no sé si necesaria o complementariamente, poniendo una mesa de agradecimiento en la que se quema aquello que representa lo que se quiere atraer.


Pero en según qué zonas de Bolivia, como parte de la cultura aymara, en las construcciones de nuevos edificios no se limitan a challar. Eligen un suyu. Hace un par de años, un suyu sobrevivió en La Paz y fue a la comisaría a denunciarlo, y nadie le quería tomar la denuncia porque lo de que un suyu sobreviviera daba mala suerte. Pero ¿qué es un suyu? Según nos dijeron, un borrachín al que entierran bajo los cimientos de un edificio nuevo para que todo vaya bien en la obra y posteriormente con el edificio. Se dice que todos los edificios de La Paz podrían tener un suyu enterrado debajo. Nos recomendaron una película, El cementerio de los elefantes, que trata brevemente el tema de los suyu mientras narra la historia de los cementerios de elefantes, lugares clandestinos de la ciudad de La Paz en los que algunos alcohólicos deciden pasar sus últimos días bebiendo hasta morir.


Un poco horrorizadas después de ver la película y escuchar las macabras historias de sobremesa, una compañera de trabajo con un sentido del humor algo macabro bromeaba con que comprobásemos que en Oruro no existieran rituales con extranjeras blancas, no fuéramos a terminar bajo los cimientos de algún edificio. “Es broma, chicas, van a estar bien”, aclaró cuando vio que no nos reíamos.



Porque llegó el viernes antes de carnaval, y con la maleta hecha y el pasaje sin comprar nos personamos en la estación bimodal puntuales a las 6:30 de la mañana, antes de ir al trabajo. En cuanto las trabajadoras encendieron las luces, allí estábamos, esperando en el mostrador. 


-Dos pasajes para Oruro esta tarde, por favor.


Cuando el ordenador antiquísimo decidió encender, la trabajadora consultó el único bus que salía de Santa Cruz a Oruro en todo el día, el de las 17:30. 


-Lo siento, está lleno - dijo.


-Ayer vinimos, igual que hoy, a primera hora de la mañana para comprar el pasaje y nos dijisteis que no se podía comprar con antelación. Que solo se podía comprar el mismo día. Somos las primeras en venir hoy, ¿cómo no vais a tener ya pasajes?


-Mira, están todos vendidos -insistió la trabajadora, enseñando los nombres asociados a cada uno de los asientos.


-Pero ¿cómo los han podido comprar?


-No lo sé, por internet, supongo -dijo, encogiéndose de hombros.


Ana y yo no estábamos dispuestas a irnos de allí sin los billetes, y después de una larga discusión la trabajadora llamó por teléfono al que suponemos que era su jefe o encargado, que después de un rato decidió habilitar una nueva flota a Oruro. Ana y yo, en los asientos 1 y 2 del nuevo autobús.


Pasaje de flota en mano, fuimos a trabajar muertas de sueño, terminamos la jornada y regresamos a la estación bimodal con tiempo de sobra. No estábamos dispuestas a perder un autobús que nos había costado tanto esfuerzo conseguir. La banda sonora de la estación era imposible de ser reproducida. “Cuñapé, cuñapé, cuñapé, cuñapéee” repetían varias mujeres, vendiendo un famoso tentempié elaborado con yuca y queso. “Pollo a la brasa, señores, hay pollo, pollito” insistía un hombre cargado con envases de aluminio. “Agua, refrescos, agua fresquita” ofrecía otro vendedor.


Y al fin, con un moderado retraso de más de media hora, la flota arrancó. Sabíamos a qué hora salíamos de Santa Cruz pero no a qué hora llegábamos a nuestro destino. Y tampoco nos importaba demasiado. Lo habíamos conseguido, íbamos al carnaval de Oruro.


Cuánto mal puede hacer un hombre

La larga sombra de un señor engreído oscurece a diario el trabajo de decenas de personas. El ego de una persona que se pierde en las formas ...