En la oficina hay dos corrientes de pensamiento: las que sueñan con trabajar en la Antártida, tener las manos frías y ser incapaces de sudar, y quienes hemos venido a la Amazonía con ropa de verano. El aire acondicionado inhumanamente alto a una temperatura antinatural me ha hecho replantearme si pasaré más frío en Bolivia del que pasé en Canadá. Ante la ausencia de una mediación imparcial, la solución ha sido encender y apagar el aire acondicionado a escondidas según quién se ausenta de la oficina.
Pero ni el calor de la calle ni el frío de la oficina son nada al lado de la incertidumbre de las tormentas. Un día soleado a 30 grados se convierte en una tormenta eléctrica con lluvias torrenciales en un abrir y cerrar de ojos. Y, por supuesto, siempre nos pillan en los momentos más inoportunos. Como aquel buen día que decidimos investigar la estación bimodal para preguntar por los billetes de bus a Oruro. Más bien, los pasajes de flota a Oruro.
El desarrollo de los acontecimientos fue algo así:
Ana y yo, dos extranjeras blancas recorrimos con decisión la avenida de Brasil.
Ana y yo, dos extranjeras blancas con chubasqueros extravagantes nos acercamos a la estación bimodal por calles embarradas en las que algunos hombres se nos quedaban mirando desde talleres ubicados en garajes precarios.
Ana y yo, dos extranjeras blancas con chubasqueros extravagantes, empapadas por la lluvia, llenas de barro, nos refugiamos en una tienda de muebles, nos desesperamos discutiendo con las empleadas de TransCopacabana en la estación bimodal y buscamos el parque urbano con una ubicación pésima en el teléfono móvil.
Ana y yo, dos extranjeras blancas con chubasqueros extravagantes, empapadas por la lluvia, llenas de barro, tremendamente cansadas y hartas de la tormenta, volvimos a casa por el primer anillo, refugiándonos a ratos bajo árboles frondosos.
¿Pasajes de flota a Oruro? No se podían comprar con antelación. Que fuéramos el mismo día en el que queríamos viajar. O quizá el día de antes podríamos probar suerte. A primera hora, a las 6:30, o de lo contrario no quedarían plazas. ¿Y comprar los billetes por internet? En el trabajo se rieron de nosotras al sugerirlo. “Que quieren comprar los pasajes por internet, ¡por internet! ¡Y con antelación! Optimistas…”.
En aquella desafortunada aventura pasada por agua, de puro cansancio nada nos llamaba la atención. No nos llamó la atención cruzarnos con una señora con un loro en la cabeza. Ni ver a una niña barriendo el agua de un solar lleno de muebles. Ni que casi nos atropellaron mil veces. Ni el caos de la estación bimodal. Ni que Google Maps decidiese no funcionar precisamente aquel día. Ni que las motos amenazasen con atropellarnos incluso campo a través, fuera de la carretera.
Para sobrevivir al tráfico pronto entendimos que teníamos que formar parte de él. Y así fue como aprendimos el funcionamiento de los micros, los mini buses urbanos, pintados de colores, llenos de lemas religiosos y pegatinas de diversa índole, que circulan por la ciudad de la forma más temeraria posible y se paran para recoger y dejar pasajeros donde la gente pide y no donde hay paradas estipuladas. Mención honorífica al micro que lleva por lema “Solo dios me puede jusgar” y una pegatina de Piolín apuntando con una pistola.
De las cosas más divertidas del micro, además de ver cómo el conductor acelera en los cruces y hace sonar el claxon para que el resto de vehículos le cedan el paso, es cuando llevan la radio puesta. "Los españoles se están peleando, tranquilos españoles", decía la emisora un día, dios sabe a cuento de qué. En el noticiero, narran cómo se pilló a un conductor de flota ebrio en la estación bimodal, y a continuación le entrevistan. Así, en directo, un hombre claramente borracho defendiéndose y argumentando no haber bebido tanto antes de conducir. Otro día el titular es el asesinato de un general de policía en la ciudad. Con frecuencia hablan de la escasez de gasolina y las largas colas que se montan en las gasolineras. Y, por supuesto, temas de actualidad política. 2025 es año electoral en Bolivia, y la posición política de la mayoría de cruceños con los que hemos hablado da fe de diferencias ideológicas importantes entre Santa Cruz y el altiplano.
Pero si hay un tema que está realmente polarizado en este país es el de las salteñas, uno de los platos típicos más venerados. Una de las primeras discusiones que presenciamos fue sobre si la salteña de pollo tiene derecho a existir. Hay quien defiende a capa y espada que solo la salteña de carne es una salteña de verdad. En cambio, otra gente asegura que las salteñas de carne a veces sientan mal, mientras las de pollo son un acierto seguro. También están, por supuesto, las salteñas picantes y las no picantes, para estómagos frágiles. ¿Mi opinión? Viva la pluralidad, supongo. Y vivan las salteñas, ese tipo de empanadilla rellenas de un guiso completo, con su carne, sus patatas y su caldo, que se venden en cada esquina de la ciudad todas las mañanas para desayunar. La gastronomía boliviana no es precisamente ligera.
En las conversaciones de sobremesa no solo aprendimos sobre los distintos tipos de salteñas y las opiniones polarizadas al respecto. También supimos que en Bolivia hay un día del mar, en el que se rememora la pérdida del mar por la guerra con Chile. “Pero tampoco lo lloramos demasiado porque cuando nos quitaron el mar era Carnaval y estábamos todos borrachos, no pudimos ni defendernos”, nos dijo alguien, restándole importancia. Otro día nos hablaron de los términos “colla” y “camba”. En Santa Cruz hay mucho orgullo “camba”, una exaltación de la diferencia con la región andina, reivindicación de la particularidad y cierto enfado con que la imagen de Bolivia más allá de las fronteras se base en el movimiento indigenista y el altiplano, que representa algo menos de la mitad de la geografía boliviana. En cambio, “colla”, el término con el que referirse a la gente del otro lado del país, puede ser percibido como un insulto. “Nunca llaméis colla a un colla. Aunque lo sea”, nos advirtieron.
No tengo claro si es algo “colla”, “camba” o simplemente boliviano, pero una curiosidad de la que nos han hablado bastante es el sincretismo religioso. Elementos de la fe cristiana entremezclados con costumbres ancestrales o creencias precoloniales. Una mujer del trabajo lo explicaba de la mejor manera posible:
-Hace unos años tuve una muy mala época. Me salía muy mal todo, necesitaba ayuda. Entonces mi mamá católica llamó a un cura y a un chamán. Mejor pedir ayuda a todos los dioses.
Al elegir definitivamente el piso en el que vivir Ana y yo, también nos instaron a “challar” la casa. La definición exacta de lo que implica y cómo se lleva a cabo va más allá de mi entendimiento, pero por lo que he entendido incluye algo así como una bendición de una casa o un negocio realizando una ofrenda a la Pachamama, echando un chorro de alcohol en el suelo y, no sé si necesaria o complementariamente, poniendo una mesa de agradecimiento en la que se quema aquello que representa lo que se quiere atraer.
Pero en según qué zonas de Bolivia, como parte de la cultura aymara, en las construcciones de nuevos edificios no se limitan a challar. Eligen un suyu. Hace un par de años, un suyu sobrevivió en La Paz y fue a la comisaría a denunciarlo, y nadie le quería tomar la denuncia porque lo de que un suyu sobreviviera daba mala suerte. Pero ¿qué es un suyu? Según nos dijeron, un borrachín al que entierran bajo los cimientos de un edificio nuevo para que todo vaya bien en la obra y posteriormente con el edificio. Se dice que todos los edificios de La Paz podrían tener un suyu enterrado debajo. Nos recomendaron una película, El cementerio de los elefantes, que trata brevemente el tema de los suyu mientras narra la historia de los cementerios de elefantes, lugares clandestinos de la ciudad de La Paz en los que algunos alcohólicos deciden pasar sus últimos días bebiendo hasta morir.
Un poco horrorizadas después de ver la película y escuchar las macabras historias de sobremesa, una compañera de trabajo con un sentido del humor algo macabro bromeaba con que comprobásemos que en Oruro no existieran rituales con extranjeras blancas, no fuéramos a terminar bajo los cimientos de algún edificio. “Es broma, chicas, van a estar bien”, aclaró cuando vio que no nos reíamos.
Porque llegó el viernes antes de carnaval, y con la maleta hecha y el pasaje sin comprar nos personamos en la estación bimodal puntuales a las 6:30 de la mañana, antes de ir al trabajo. En cuanto las trabajadoras encendieron las luces, allí estábamos, esperando en el mostrador.
-Dos pasajes para Oruro esta tarde, por favor.
Cuando el ordenador antiquísimo decidió encender, la trabajadora consultó el único bus que salía de Santa Cruz a Oruro en todo el día, el de las 17:30.
-Lo siento, está lleno - dijo.
-Ayer vinimos, igual que hoy, a primera hora de la mañana para comprar el pasaje y nos dijisteis que no se podía comprar con antelación. Que solo se podía comprar el mismo día. Somos las primeras en venir hoy, ¿cómo no vais a tener ya pasajes?
-Mira, están todos vendidos -insistió la trabajadora, enseñando los nombres asociados a cada uno de los asientos.
-Pero ¿cómo los han podido comprar?
-No lo sé, por internet, supongo -dijo, encogiéndose de hombros.
Ana y yo no estábamos dispuestas a irnos de allí sin los billetes, y después de una larga discusión la trabajadora llamó por teléfono al que suponemos que era su jefe o encargado, que después de un rato decidió habilitar una nueva flota a Oruro. Ana y yo, en los asientos 1 y 2 del nuevo autobús.
Pasaje de flota en mano, fuimos a trabajar muertas de sueño, terminamos la jornada y regresamos a la estación bimodal con tiempo de sobra. No estábamos dispuestas a perder un autobús que nos había costado tanto esfuerzo conseguir. La banda sonora de la estación era imposible de ser reproducida. “Cuñapé, cuñapé, cuñapé, cuñapéee” repetían varias mujeres, vendiendo un famoso tentempié elaborado con yuca y queso. “Pollo a la brasa, señores, hay pollo, pollito” insistía un hombre cargado con envases de aluminio. “Agua, refrescos, agua fresquita” ofrecía otro vendedor.
Y al fin, con un moderado retraso de más de media hora, la flota arrancó. Sabíamos a qué hora salíamos de Santa Cruz pero no a qué hora llegábamos a nuestro destino. Y tampoco nos importaba demasiado. Lo habíamos conseguido, íbamos al carnaval de Oruro.





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